La necesidad de tratar eléctricamente las señales de audio lleva a un uso analógico de la señal, es decir, el reflejo que por medio de una sucesión de frecuencias y niveles de tensión cambiantes en el tiempo se usa en los sistemas de audio convencionales. Así si se piensa en un giradiscos o una unidad de casete, ambas originan una pequeña señal electrónica analógica del orden de micro voltios. Más tarde para al amplificador donde se obtendrá la misma señal pero aumentada. Por último, esta será enviada a los altavoces. Es importante recalcar que los altavoces no son otra cosa bocinas que, para su movimiento, precisan ser inducidas por diferencias de potencial, esto es, variaciones de corriente. Si se introdujese a un altavoz una señal de corriente continua, este no sonaría al no haber variaciones de intensidad. El sonido por tanto en analógico ya que consta de señales analógicas las que, con su riqueza de datos en amplitud y frecuencia, ofrece un espectro de sonido adecuado además del formato adecuado para ser reproducida por los altavoces.
Las señales analógicas son susceptibles de errores, es decir, interferencias, inducciones, ruidos… que van en detrimento de la calidad acústica. Si de algún modo toda esa información analógica se pudiera procesar digitalmente, todos estos problemas obviamente disminuirían ya que los datos se pueden controlar con detectores de error y evitar toda esta problemática. Así el sonido digital consiste en, disponiendo de la señal analógica original, “trocearla” en pequeñas pociones que se codificaran a información digital. Estas porciones suelen estar situadas, en el caso de los sistemas convencionales, en 44 Khz: Es decir 44.000 muestras por segundo. Así estas porciones de sonido se convierten en datos que pueden ser tratados digitalmente sin riegos de interferencias, inducciones, etc. El sonido siempre es analógico. Lo que realmente es digital es su tratamiento de cara a optimizar el trasiego de la señal por los diferentes circuitos y procesos. Esto explica que, por ejemplo, la calidad de audio de un CD ROM sea superior a la de un casete siempre y cuando, el CD ROM haya sido gradado y tratado de forma digital correcta.
El proceso digital de las señales ha aportado mucho en cuanto a la calidad y no sólo en aspectos como el Dolby Sorround Digital (consiste en seis fuentes de sonido en lugar de la dos convencionales del estéreo), los sonidos emitidos por muchos instrumentos no son sólo los que oímos sino que hay mucho más. Nuestro oído percibe sólo las señales comprendidas entre 20 Hz (sonidos graves) y 20 Khz (sonidos muy agudos). En esta línea hay sistemas de comprensión de audio donde, para optimizar el espacio ocupado, se eliminan las frecuencias que se escapan del espectro auditivo humano. De este modo se consigue reproducir única y exclusivamente el sonido preciso para nuestros oídos, disminuyendo el tamaño de la información que representa el audio.
El sonido digital ofrece posibilidades impensables de otra manera. Por ejemplo, la posibilidad de registrar los datos de sonido de un instrumento y compararlo con otros diferentes. Así hay un sistema denominado MIDI cuyas siglas proceden de Modem Inferface Digital Instrument, es decir, la capacidad de que un instrumento actué como interfaz de una máquina para ser tratado digitalmente. El MIDI realmente llega a ser un lenguaje donde se precisa de un “disparador” (instrumento) que, a partir de un banco de sonidos depositados por software o en la propia tarjeta de sonido, permita reproducir música a gusto del intérprete.
Las señales analógicas son susceptibles de errores, es decir, interferencias, inducciones, ruidos… que van en detrimento de la calidad acústica. Si de algún modo toda esa información analógica se pudiera procesar digitalmente, todos estos problemas obviamente disminuirían ya que los datos se pueden controlar con detectores de error y evitar toda esta problemática. Así el sonido digital consiste en, disponiendo de la señal analógica original, “trocearla” en pequeñas pociones que se codificaran a información digital. Estas porciones suelen estar situadas, en el caso de los sistemas convencionales, en 44 Khz: Es decir 44.000 muestras por segundo. Así estas porciones de sonido se convierten en datos que pueden ser tratados digitalmente sin riegos de interferencias, inducciones, etc. El sonido siempre es analógico. Lo que realmente es digital es su tratamiento de cara a optimizar el trasiego de la señal por los diferentes circuitos y procesos. Esto explica que, por ejemplo, la calidad de audio de un CD ROM sea superior a la de un casete siempre y cuando, el CD ROM haya sido gradado y tratado de forma digital correcta.
El proceso digital de las señales ha aportado mucho en cuanto a la calidad y no sólo en aspectos como el Dolby Sorround Digital (consiste en seis fuentes de sonido en lugar de la dos convencionales del estéreo), los sonidos emitidos por muchos instrumentos no son sólo los que oímos sino que hay mucho más. Nuestro oído percibe sólo las señales comprendidas entre 20 Hz (sonidos graves) y 20 Khz (sonidos muy agudos). En esta línea hay sistemas de comprensión de audio donde, para optimizar el espacio ocupado, se eliminan las frecuencias que se escapan del espectro auditivo humano. De este modo se consigue reproducir única y exclusivamente el sonido preciso para nuestros oídos, disminuyendo el tamaño de la información que representa el audio.
El sonido digital ofrece posibilidades impensables de otra manera. Por ejemplo, la posibilidad de registrar los datos de sonido de un instrumento y compararlo con otros diferentes. Así hay un sistema denominado MIDI cuyas siglas proceden de Modem Inferface Digital Instrument, es decir, la capacidad de que un instrumento actué como interfaz de una máquina para ser tratado digitalmente. El MIDI realmente llega a ser un lenguaje donde se precisa de un “disparador” (instrumento) que, a partir de un banco de sonidos depositados por software o en la propia tarjeta de sonido, permita reproducir música a gusto del intérprete.
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